Esta última temporada, me cuestiono mucho a mí misma sobre por qué me dedico a la producción de cine independiente. Estos últimos meses -por no decir años- la barbaridad de trabajo y exigencia es tan abrumadora que es difícil no preguntárselo en profundidad. Por qué elegí esta profesión, por qué no puedo imaginarme soltándola.
Y la conclusión personal a la que estoy llegando es que creo que lo que me mantiene en esta inconmensurable, infinita y titánica tarea de hacer cine independiente es que sigue siendo un bastión desde el cual contar historias nuevas y buscar un sentido diferente o propio. Con un lenguaje tan poderoso y con tanto alcance como lo es una película. Unas veces sale mejor que otras -nunca sale como la pensamos y soñamos-, pero tenemos la increíble posibilidad de intentarlo. Tenemos voz en un momento de reescritura y búsqueda de referentes. Somos canal de expresión de nuevas formas y sentidos.
Así me siento estos días previos al Festival de San Sebastián, renovando la ilusión y la magia como si fuera el primer día. Recordando que esas historias que contamos construyen imaginarios del mundo en el que vivimos, que el cine deja huella en las maneras de pensar. Por definición, nuestras películas son foto y documento de una sociedad en un momento dado.
Me encuentro deseando que no perdamos ese derecho de acceso a diversidad de contenidos, que como productores que somos, podamos ejercer la producción con la mayor responsabilidad y herramientas posible. Que no perdamos esa búsqueda de identidad en la producción y que los algoritmos no nos quiten más terreno. Que para eso necesitamos financiación y que cada vez es más difícil.
Confío en que podamos seguir produciendo contenidos independientes que nos permitan aportar nuestro granito de arena para construir un mundo más plural y diverso.


